• Ps. María Pía Napoleoni, Ps. Jorge Guridi

Recuperando espacios perdidos.

Profundizamos en el pensamiento que Jung manifiesta acerca de la modernidad, época en la cual se exacerba el pensamiento racional a través de la metodología científica y, todos aquellos relatos mágicos alguna vez presentes en las religiones y mitos, son secularizados al plano humano y tomados por el hombre desde sus herramientas, validando sólo aquello que puede ser medible llegando incluso a extremos, tales como la psicología conductista que simplemente quita el inconsciente de su estudio y práctica por no poder ser cuantificable y por lo tanto no tendría valor, dando cuenta de la pérdida de espacios que no responden a la razón en la vida del sujeto moderno.



I. En búsqueda de lo irracional

Hoy en día a pesar de estar en la postmodernidad, el ser humano ya habituado a vivir desde una explicación racional de su realidad, al igual que en la modernidad, fue incrementando su unilateralidad y reduciendo los espacios donde el contenido colectivo se pueda manifestar, dejando como única vía de acceso al espacio psíquico individual en sus sueños.


Anteriormente tal como manifestaba Jung en el texto sobre lo inconsciente (2007) la religión permitía generar rituales donde se daba espacio a lo irracional y a figuras simbólicas tales como ángeles, demonios, Dios padre y otros, permitiendo generar una integración de aquellos aspectos que si bien, no son parte del sujeto, influyen en él. Estos son elementos del ICC colectivo que emergen para ampliar consciencia y generar un cambio de actitud de ella en respuesta a la unilateralidad del Yo. Es importante señalar que este objetivo es logrado, si la consciencia puede integrarlo a través de símbolos, y es por esto que los ritos representan una vía para ello. El rito pasaría a ser un acto que facilita la función trascendente. En este caso, entre los dos aspectos incompatibles de la racionalidad e irracionalidad:


La confrontación con lo inconsciente es un proceso que, en según qué circunstancias, puede ser también un sufrimiento y un trabajo, al que se denomina función trascendente, porque los datos en que se basa son reales e imaginarios - o racionales e irracionales -, y porque este trabajo tiende un puente sobre el espacio vacío que separa lo consciente de lo inconsciente. La función trascendente es un proceso natural - una manifestación de la energía procedente de la tensión entre los opuestos - y consiste en una sucesión de fantasías que aparecen espontáneamente en sueños y visiones. (Jung, 2007, pp. 93)


Es necesario abrir espacio para lo irracional, comprendiendo que este tiene una función en nuestra psique, permite evidenciar su influjo en nuestra psique, en nuestra realidad y en las experiencias que en ésta genera. Tal como Jung lo señala en el siguiente apartado “Como se ha indicado más arriba, es posible concebir los arquetipos como el efecto y precipitado de las experiencias vividas. No obstante, los arquetipos son también los factores que causaron tales experiencias.” (Jung, 2007, p. 110)


Es así, que proponemos que el rescate de los ritos y la integración de ellos en nuestra vida actual nos permitiría ampliar nuestra comprensión más allá de lo racional incorporando lo irracional, dando lugar a una nueva actitud de la consciencia gracias a la función trascendente. Tal como Jung lo señala:


Si concebimos las figuras del inconsciente como fenómenos o funciones psíquicas colectivas, la voz de nuestra consciencia intelectual no se sentirá en modo alguno traicionada por esta hipótesis. Esta solución es racionalmente admisible. Y con ella hemos conquistado también la posibilidad de enfrentarnos con los residuos activados de nuestra filogénesis. Esta confrontación posibilita cruzar la frontera, por lo que le he dado el nombre de función trascendente, lo que equivale a una evolución progresiva en dirección a una nueva actitud. (Jung, 2007, p. 115)


Esto nos trae el desafío de comenzar a mirar espacios que puedan facilitar o generar la posibilidad de esta función en nuestra vida, ya que si dejamos fuera este aspecto estaríamos polarizando nuestra vida psíquica como ya hemos mencionado. Así como en el análisis de lo inconsciente Jung menciona la importancia de diferenciar aquellos pensamientos que eran parte de él y aquellos elementos que eran parte del inconsciente para poder mediar ante estos e incorporarlos. Así, no ser poseído por estos desde la sombra. Jung se refiere a este punto en la siguiente cita:


Lo más importante aquí es la diferenciación entre la consciencia y el contenido del inconsciente. A éste hay que aislarlo, por así decirlo, y ello se logra más fácilmente si se personifica y luego se le pone en contacto con la consciencia. Sólo de este modo se puede arrebatarle el poder, que, de lo contrario, se ejerce sobre la consciencia. Dado que los temas del inconsciente poseen un cierto grado de autonomía, esta técnica no presenta dificultades especiales. Es algo distinto intimar con el hecho de la autonomía de los temas inconscientes. Y precisamente aquí reside la posibilidad de entrar en relación con el inconsciente. (Jung, 2003, p. 222)


Al dejar de lado el aspecto irracional de nuestras vidas, inevitablemente éste tomará fuerza y energía psíquica en el inconsciente, por lo que podría generar un movimiento compensatorio manifestándose en proyecciones o síntomas, es decir de una forma defensiva o incluso en forma de neurosis.


Por ello, es absolutamente necesario trazar una precisa línea de separación entre lo que cabe atribuirse personalmente y lo impersonal. Con ello, como es natural, no estamos negando en modo alguno que los contenidos de lo inconsciente colectivo pueden llegar a ser sentir muy claramente sus efectos. Pero en tanto que contenidos de la psique colectiva se contraponen a la psique individual y son distintos de ella. (Jung, 2007, p. 109)

Con esto se puede ver que, si bien lo colectivo no forma parte del sujeto, influye en nosotros directamente y, por lo tanto, es necesario verlo, dialogar con sus aspectos o elementos. De esta forma Jung (2007) señala que en esta búsqueda de la racionalidad llevó al hombre y a la mujer incluso a poner en cuestión a la religión y su lugar en su vida hasta ahora, llegando incluso a desvalorizarla y liquidando sus símbolos. Ante esto Jung comenta que si bien esto fue sacado de nuestro día a día:


Pero la función psíquica que les corresponde no lo fue en absoluto, sino que se precipitó en lo inconsciente, y de este modo los intoxicados por un excedente de libido que hasta entonces había sido reservado para el culto a los ídolos fueron los mismos hombres. La depreciación y represión de una función tan poderosa como la religión tiene, como es natural, considerables consecuencias para la psicología del individuo. Lo inconsciente se ve, en efecto, fortalecido extraordinariamente por el refluir de esa libido, con lo que comienza a ejercer un enorme influjo sobre la consciencia a través de sus contenidos colectivos arcaicos.” (Jung, 2007 .pp. 109-110)


Si pudiéramos recuperar estos espacios como los ritos que antes estaban presentes a través de la religión, e incorporarlos en lo individual como forma de dar paso a lo colectivo comprendiendo que estos tienen una función y que según nuestra actitud frente a estos, pueden formar parte constructiva en nuestro proceso de individuación o por el contrario, actuar desde lo sombrío como reacción desmesurada a nuestra unilateralidad. Por ejemplo, podríamos tener una forma de habitar desde la apertura frente a estos dos aspectos irreconciliables, previniendo así la unilateralidad de la consciencia, permitiendo (facilitando) que surja la función trascendente.


Cuando se consigue crear esa función que llamo trascendente, la desunión toca su fin y uno puede complacerse en la dimensión propicia de lo inconsciente. Entonces, en efecto, brinda lo inconsciente todo esos favores y ayudas que en desbordante plenitud puede conceder al ser humano una naturaleza bondadosa. Lo inconsciente dispone al fin y al cabo de posibilidades que están vedadas a la consciencia, pues puede recurrir a todo los contenidos psíquicos subliminales, a todo lo olvidado y pasado por alto, y a toda la sabiduría que, atesorada en miles de años de experiencias, ha ido depositándose en sus estructuras arquetípicas.” (Jung, 2007, p. 133)

Las religiones son perlas de un collar, y desde ahí sería necesario conocerlas o explorar más de una, para poder tener consciencia de la profundidad que tiene cada una como camino y vehículo hacia el self, o hacia el misterio de la totalidad, sin embargo ellas en sí mismas no constituyen el fin, de lo contrario se corre el riesgo de caer en un dogma, sino más bien son un medio para desarrollar la espiritualidad e ir aprendiendo a distinguir como el colectivo actúa en nosotros y cual es el sendero que se dibuja para nuestro proceso de individuación según el sentido que este tenga para nosotros.


II. Espacio terapéutico como rito postmoderno


Lo inconsciente está en todo momento manos a la obra, combinando sus materiales al servicio de la determinación del futuro, y al igual que la consciencia, crea combinaciones subliminales y prospectivas; la única diferencia es que las inconscientes aventajan en gran medida el finura y amplitud a las combinaciones conscientes. De ahí que lo inconsciente pueda ser un guía sin igual para el ser humano, si éste es capaz de resistirse a sus seducciones.” (Jung, 2007, p. 133)


Esta disposición a lo inconsciente no siempre es tarea fácil para el individuo, incluso Jung (2007) advierte la dificultad para algunos y la importancia que toma tener una metodología que pueda dar respuesta y ayuda a este dolor producto de la separación de opuestos, para poder activar la función trascendente y dar paso a algo nuevo. Es por eso que se espacios como la psicoterapia tienen la necesidad y el desafío de responder a esta necesidad del individuo. Y desafío pensando en que la metodología no solo tiene que responder a la individualidad de cada uno, sino a un espacio propicio que permita al paciente activar y generar movimientos psíquicos como los antes mencionados.


Es a partir de lo antes expuesto que nos hace sentido pensar en el espacio psicoterapéutico como un rito postmoderno en el cual se pueda dar espacio a que se haga presente aquello personal y lo colectivo, aquello mundano y lo divino, aquello racional e irracional. Es decir, generar un espacio donde dar cabida a esa función psíquica que antes suplía la religión, para lograr ir activando aquello adormecido tras el aniquilamiento de ésta. Pero ahora con la consciencia de que aquello responde a una realidad colectiva y no a una inflación de ésta, permitiendo mirar aquello visto como ángeles y demonios y, poder entender que estos símbolos son elementos que apuntan a algo que es parte de nosotros, pero entendiendo que no somos nosotros, sino información que puede venir en nuestro auxilio.


Toda esa información que llega, pero no es mirada, cae en riesgo de ser proyectada fuera. Eso también es parte de lo que se pone en juego al ver la terapia como un acto de hacer presente aquello que viene del inconsciente.


Por otro lado, en psicoterapia también podemos observar este fenómeno, ya que puede ser simbolizado como un rito. Pensamos que en él, el terapeuta y paciente podrían pasar a ser parte de un espacio fuera de la realidad diaria, así como cuando alguien visita una capilla buscando cierta distancia del resto del mundo, en el que desde ese estar fuera del cotidiano, permite al paciente y al terapeuta tener una actitud de contemplación ante aquello que emerge y que en lo rutinario corre el riesgo de ser invisible. Cabe preguntarse entonces, por ejemplo, si ante la presencia de estos dos individuos se genera un espacio diferente al que se produce cuando uno se reúne simplemente con otra persona, ya que se hace presente el inconsciente de ambos con una actitud y sentido distinto, partiendo porque el terapeuta desarrolla un rol de guía-acompañante con la función de generar un espacio en la terapia de mayor contacto con el inconsciente.


Así, podríamos ver cómo el hecho de abrirnos al rito del espacio terapéutico también nos conecta con una dimensión que va más allá de lo personal, que nos hace reconocernos como parte de un inconsciente colectivo que pone a nuestra disposición toda nuestra historia como humanidad, junto con sus experiencias y aprendizajes.

Comprendiendo el aporte que el colectivo significa para el individuo, no cabría también preguntarse lo que plantea Jung:


Como contrapartida, nuestra tarea es entonces muy diferente, y lo que a partir de este momento tenemos que preguntarnos es de qué modo tendría el yo que enfrentarse con este no-yo psicológico. ¿Es posible contentarse con constatar que los arquetipos existen y hacen sentir sus efectos sobre nosotros, abandonando a continuación este asunto al cuidado de su propia dinámica? (Jung, 2007, pp. 112-113)


Entendiendo con esto, que así como cada uno se beneficia de este saber colectivo, sería responsabilidad de cada uno llevar a cabo nuestro proceso de individuación para aportar de vuelta a éste.



Referencias:

- Jung, C. (2001). Recuerdos, sueños, pensamientos. Barcelona: Seix Barral. Capítulo: La confrontación con lo inconsciente

- JUNG, C. G. (1917-1942) Sobre la psicología del inconsciente, en Jung, C.G (2007), Dos escritos sobre psicología analítica. Madrid: Trotta, OC 7.


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